• Document: LAS LÁGRIMAS DE SHIVA
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CÉSAR MALLORQUÍ LAS LÁGRIMAS DE SHIVA PREMIO EDEBÉ DE LITERATURA JUVENIL Novela ganadora del Premio EDEBÉ de Literatura Juvenil (X edición), según el fallo del Jurado, compuesto por: Teresa Colomer, Ana Gasol, José Antonio Montull, Rosa Navarro y Robert Saladrigas. © César Mallorquí, 2002 © Ed. Cast.: edebé, 2005 Paseo de San Juan Bosco, 62 08017 Barcelona www.edebe.com Directora de la colección: Reina Duarte Diseño de cubiertas: César Farrés Ilustraciones: Paco Giménez Fotografía cubierta: Cover 15ª edición ISBN 978-84-236-7510-4 Depósito Legal: B. 8029-2011 Impreso en España Printed in Spain EGS - Rosario 2 - Barcelona Este libro está dedicado a Isabel González Lectte y Antonio Martínez; o, lo que es lo mismo, a Patricia Montes y César Torre, mis dos santanderinos favoritos, mis queridos amigos de siempre. Dicen que cada nueva mañana nos trae mil rosas; sí pero ¿Dónde están los pétalos de la rosa de ayer? Omar Khayyam 1. El bacilo de Koch E n cierta ocasión, hace ya mucho tiempo, vi un fantasma. Sí, un espectro, una aparición, un espíritu; lo puedes llamar como quieras, el caso es que lo vi. Ocurrió el mismo año en que el hombre llegó a la Luna y, aunque hubo momentos en los que pasé mucho miedo, esta historia no es lo que suele llamarse una novela de terror. Todo comenzó con un enigma: el misterio de un objeto muy valioso que estuvo perdido durante siete décadas. Las Lágrimas de Shiva, así se llamaba ese objeto extraviado. A su alrededor tuvieron lugar venganzas cruzadas, y amores prohibidos, y extrañas desapariciones. Hubo un fantasma, sí, y un viejo secreto oculto en las sombras, pero también hubo mucho más. A veces, sin saber muy bien cómo ni por qué, suceden cosas que nos cambian por dentro y nos hacen ver el mundo de otra forma. Con frecuencia, se trata de sucesos triviales, acontecimiento a los que, cuando se producen, apenas concedemos algún valor, pero que a la larga acaban adquiriendo una inesperada trascendencia. Eso fue lo que ocurrió cuando mi padre cayó enfermo. Un ser microscópico, el bacilo descubierto por un alemán llamado Robert Koch, desencadenó la cadena de sucesos que acabarían conduciendo a aquel verano de 1969. Y ese verano fue muy especial: mi padre enfermó, yo me fui de casa, el hombre llegó a la Luna, vi un fantasma y descifré un antiguo misterio. Sí, sucedieron muchas cosas ese año, pero lo más importante de todo fue conocerlas a ellas. Las cuatro flores, así las llamaba su madre: Rosa, Margarita, Violeta y Azucena, mis primas. Ellas me mostraron un mundo secreto e íntimo, una realidad próxima y cotidiana, pero que hasta entonces había sido totalmente ajena a mí. Todo eso sucedió hace mucho, claro. Por aquel entonces no había ordenadores personales, ni videojuegos, ni televisión por satélite. A decir verdad, ni siquiera había televisión en color. Era una época en blanco y negro, un tiempo de cambios, al menos más allá de nuestras fronteras. En otros países, los estudiantes tomaban las calles exigiendo un mundo mejor, los hippies adornaban con flores sus largos cabellos, las mujeres 6 reclamaban los mismos derechos que los hombres, los jóvenes se manifestaban en contra de la guerra de Vietnam, las chicas usaban minifalda y biquini, los chicos imitaban a Paul, John, George y Ringo. Esto ocurrió en Francia, en Inglaterra, en Holanda o en Estados Unidos, pero en España las cosas eran distintas. Había una dictadura; el viejo general Franco todavía controlaba con mano de hierro todo cuanto sucedía en el país, dictando –era un dictador– lo que podíamos o no podíamos hacer, ver o decir. Mientras el mundo bullía de creatividad y nuevas ideas, España dormía una larga siesta que ya duraba treinta años y de la que parecía no ir a despertar jamás. Claro que yo, entonces, no era muy consciente de todo aquello. En casa jamás hablábamos de política – nadie lo hacía en el país, al menos en voz alta y sin miedo–, y creo que no me di cuenta de lo injustas que eran las cosas hasta que Margarita me enseñó el auténtico significado de la palabra libertad. Pero no es de política de lo que quiero hablar, sino de un fantasma, de misteriosas desapariciones, de una tumba vacía, de viejas rencillas familiares y de un secreto largamente oculto. *** Papá cayó enfermo a principios de año, poco después de Navidad. Llevaba tiempo sintiéndose mal –tosía mucho y le dolía el pecho–, pero a papá le horrorizaban los hospitales y creo que, de no haber sido por la insistencia de mamá, jamás hubiera acudido a la consulta de un médico. El caso es que acabó yendo, y el doctor, tras realizarle diversos análisis, le diagnosticó tuberculosis. Afortunadamente, la enfermedad había sido advertida a tiempo y tenía fácil curación, aunque el tratamiento sería largo. A finales de enero, papá ingresó en un sanatorio situad

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